Sentarse sobre una moto de agua en medio del Atlántico debería ser emocionante, pero la primera vez que lo hice, hace años, lo que sentí fue pánico puro. El motor rugiendo bajo mis piernas, el instructor gritando algo en inglés que no entendí bien, y yo ahí, pensando si mi seguro de vida cubriría esto. Desde entonces, he probado esta actividad en varios rincones de Tenerife, y Puerto Colón sigue siendo el sitio donde menos me arrepiento de haber gastado dinero en adrenalina barata. No porque sea perfecto—nada lo es—, sino porque al menos aquí alguien se preocupa de que no te mates en el intento. El sol del sur, los acantilados que parecen sacados de una postal que nadie compraría, y esa sensación de estar haciendo algo ligeramente irresponsable pero legal: eso es lo que te espera. Esto no es un folleto turístico, es lo que yo habría querido leer antes de subirme a esa maldita moto por primera vez.
Vkratse: lo mejor es el tour de una hora hasta La Caleta con parada para nadar en El Puertito. Lleva DNI original y crema solar resistente al agua, porque te vas a freír aunque esté nublado. Cuenta con unos 160-200 € por moto, más si quieres las fotos. El consejo clave: llega 30 minutos antes o perderás el turno y el dinero.
Qué es un safari en moto de agua y por qué elegir Puerto Colón
La primera vez que oí la palabra "safari" aplicada a una moto de agua me reí. Pensé en leones, en la sabana, en algún despistado vendiendo humo turístico. Pero resulta que tiene su lógica retorcida: no te dan las llaves y te dicen "venga, suerte", sino que te meten en un grupo reducido—cuatro motos como mucho, a veces menos—y te pegan un instructor delante que hace de pastor. Vas detrás de él como un patito obediente, intentando no perderlo de vista ni estrellarte contra las rocas. Es más seguro, sí, pero también más aburrido si eres de los que pensaban que esto era una carrera sin reglas.
Puerto Colón está en la Costa Adeje, sur de Tenerife, esa zona donde el sol brilla todos los días del año y los turistas británicos pasean en chanclas incluso en diciembre. El puerto es grande, funcional, lleno de pantalanes con nombres y números que nunca recuerdas. Está cerca de Playa de las Américas y Los Cristianos, así que si te alojas por ahí, llegas en diez minutos en coche o taxi. Aparcar es otra historia—luego hablamos de eso—, pero la ubicación está bien pensada. Desde aquí salen las motos hacia playas que no verías caminando: acantilados, calas medio escondidas, y si tienes suerte, algún delfín despistado que se cruza y hace que la gente grite como si fuera la primera vez que ve un animal marino.
Las motos que usan son Yamaha o Sea-Doo, modelos que parecen caros y están en buen estado—al menos las que me tocaron a mí—. Te dicen que pueden llegar hasta 60 km/h, y créeme, en el agua se siente como el triple. El viento te pega en la cara, saltas sobre las olas como si estuvieras en una montaña rusa mal diseñada, y cada vez que aceleras un poco más, una parte de tu cerebro te recuerda que no sabes nadar tan bien como creías. Pero es adictivo, maldita sea. Los instructores son tipos con cara de haber visto de todo, certificados por alguna entidad que supongo que existe, y te explican las cosas con paciencia fingida antes de soltarte al mar. No es libertad total, pero tampoco es una cárcel flotante.
¿Qué excursión en moto de agua elegir? Duración, rutas y precios
Aquí es donde la cosa se pone práctica y aburrida. Hay tres opciones principales, y todas dependen de cuánto tiempo quieras pasar mojado y cuánto dinero estés dispuesto a tirar al mar—literalmente, si se te cae la cartera—.
El tour de 40-45 minutos es para los que tienen prisa, los que no están seguros de si les va a gustar esto, o los que simplemente son tacaños. Das una vuelta corta por los acantilados cercanos a Puerto Colón, ves un par de playas desde lejos, y ya está. Es suficiente para sentir la adrenalina y hacerte una foto para Instagram, pero poco más. Yo lo hice una vez y me quedé con ganas de más, lo cual supongo que es justo lo que buscan las empresas: engancharte para que vuelvas y gastes el doble.
El tour de una hora es el que más gente elige, y con razón. Sales desde Puerto Colón y llegas hasta la Playa de los Hippies, que es La Caleta—un nombre mucho más aburrido que le pusieron después—. En el camino paras en sitios como El Puertito, una bahía donde el agua está tan transparente que da rabia. Ahí puedes meterte a nadar, flotar un rato, y si vas en moto doble, cambiar de conductor. Es el equilibrio perfecto entre emoción y descanso, aunque yo siempre sentí que el descanso sobraba. Pero bueno, no todos somos adictos a la velocidad.
El tour de dos horas es para los que se toman esto en serio o tienen demasiado dinero suelto. Vas desde la zona de Las Américas hasta Palm-Mar, cubriendo un tramo enorme de costa. Ves cuevas marinas, más acantilados, y pasas tanto tiempo en el agua que cuando terminas, las piernas te tiemblan. Es la opción más completa, pero también la más cansada. La hice una vez, con un sol de justicia, y al final solo quería una cerveza fría y una siesta.
| Duración | Ruta | Ideal para... |
| 40-45 min | Acantilados cerca de Puerto Colón | Primera experiencia o poco tiempo |
| 1 hora | Puerto Colón - La Caleta, parada en El Puertito | Combinar velocidad y nadar |
| 2 horas | Las Américas - Palm-Mar, cuevas y más costa | Explorar a fondo y tener resistencia |
Los precios arrancan desde unos 160 € por moto, pero eso es solo el punto de partida. Si eliges la de dos horas, la cifra sube. Si alquilas una moto doble en lugar de individual, también. Y luego están los extras: el traje de neopreno si hace frío—10 € más—, el paquete de fotos profesionales—otros 30 €—. Al final, sales del puerto con la sensación de que te han sacado hasta el último céntimo del bolsillo, pero al menos te has divertido. Más o menos.
Requisitos y seguridad: todo bajo control para tu tranquilidad
La pregunta del millón: ¿necesitas licencia para conducir una de estas cosas? No. Y eso debería alegrarte o aterrarte, dependiendo de qué tipo de persona seas. Como es una excursión guiada, no hace falta ningún carnet de navegación ni nada parecido. Solo tienes que presentarte, escuchar las instrucciones, y rezar para no ser el idiota que choca contra el pantalán a la salida.
Antes de arrancar, te sientan en una sala o en el mismo muelle y te explican lo básico: cómo acelerar, cómo girar, dónde está el botón de emergencia—que espero no tener que usar nunca—. El instructor habla rápido, mezcla idiomas si el grupo es internacional, y tú asientes con la cabeza aunque no hayas entendido la mitad. Luego te ponen un chaleco salvavidas homologado, te lo ajustan hasta que casi no puedes respirar, y te dicen que es obligatorio. Bien por ellos, supongo.
Lo que incluye el precio—además de la moto y el combustible—es el chaleco, el guía titulado que va delante de ti todo el rato, y un seguro que ojalá no tengas que usar. Los requisitos de edad son estrictos, al menos en teoría: mínimo 16 años para conducir una moto individual, y si tienes 16 o 17, necesitas un papel firmado por tus padres. Si eres pasajero, la edad mínima ronda los 6-8 años, dependiendo de cómo esté el mar ese día y de lo paranoico que sea el guía. Para llevar pasajero en una moto doble, tienes que tener 18 años cumplidos. Lógica aplastante.
Las restricciones de salud son las de siempre: nada de embarazadas—obvio—, nada de problemas graves de espalda o cuello, y si tienes el corazón delicado, mejor te quedas en tierra viendo Netflix. Durante la excursión, las normas son claras: mantén distancia con las otras motos, sigue al guía como si fuera tu religión, y no te pases de listo acelerando más de la cuenta. Si lo haces, te llaman la atención. Si lo vuelves a hacer, te sacan del agua. Y te quedas sin reembolso, claro.
Cómo prepararse para tu aventura: punto de encuentro y qué llevar
El punto de encuentro es Puerto Colón, Costa Adeje. Hasta ahí, fácil. El problema es encontrar el pantalán correcto, porque ese puerto tiene más muelles que un catálogo de Ikea. La mayoría de empresas están en el pantalán 4 o el 10. Algunos ponen un cartel amarillo con el nombre de la empresa—Jet Ski Racing, por ejemplo—, pero otros no se complican y te toca buscar como si estuvieras jugando a una yincana mal organizada. Mi consejo: llama antes o mírate bien el correo de confirmación. O llega media hora antes, que es lo que te van a pedir de todas formas.
Sí, media hora antes. Suena exagerado, pero no lo es. Tienes que hacer el check-in, enseñar el DNI—original, no vale una foto en el móvil—, rellenar papeles absurdos donde básicamente firmas que si te matas es tu problema, guardar las cosas en una taquilla, ponerte el bañador si no lo llevas ya puesto, y escuchar el rollo de seguridad. Todo eso lleva tiempo, y si llegas justo, te quedas fuera. Y no te devuelven el dinero.
Aparcar en Puerto Colón es un infierno pequeño. Hay parking de pago dentro del puerto, que suele estar lleno en temporada alta, y alguna zona de aparcamiento gratuito en las calles cercanas, pero encontrar sitio ahí es cuestión de suerte o de dar vueltas como un poseso durante veinte minutos. Yo siempre voy en taxi si puedo. Menos estrés.
En cuanto a qué llevar: bañador puesto o en la mochila, porque te vas a mojar sí o sí. Crema solar resistente al agua, y mucha, porque el sol del sur de Tenerife no perdona. Aunque esté nublado, te quemas. El DNI o pasaporte es obligatorio, no hay vuelta de hoja. Gafas de sol si quieres, pero con una cinta para no perderlas en el primer salto. Los móviles no están permitidos—se caen, se rompen, fin de la historia—. Si quieres fotos, lleva una GoPro con arnés o soporte. Algunas empresas las alquilan, otras te dejan traer la tuya, pero tiene que estar bien sujeta o te la quitan.
Lo bueno es que muchos sitios, como Jet Ski Puerto Colón, tienen taquillas seguras y vestuarios privados. Puedes cambiarte con algo de dignidad y dejar el móvil, la cartera y las llaves sin miedo. O con miedo, pero al menos con una taquilla cerrada.
Paso a paso: así será tu safari en moto de agua
Llegas al muelle con tus treinta minutos de antelación, sudando porque has subido las escaleras del parking corriendo. Buscas el pantalán, encuentras un tipo con camiseta de la empresa, y le enseñas la reserva en el móvil. Él asiente, te pide el DNI, y te hace rellenar un formulario donde pone tu nombre, tu edad, y una casilla que dice que no estás borracho ni embarazada. Firmas sin leer, como todo el mundo.
Te dan la llave de una taquilla, guardas la mochila, el móvil, la cartera, todo. Te pones crema solar otra vez, aunque ya lo hayas hecho en el hotel. Vas al baño porque los nervios aprietan. Vuelves, y alguien te entrega un chaleco salvavidas naranja que huele a cloro y a sudor ajeno. Te lo pones, te lo ajustan hasta que pareces un Michelin, y esperas con el resto del grupo.
El instructor reúne a todos—cuatro motos, ocho personas si todas son dobles—. Habla en inglés, luego en español, luego mezcla ambos idiomas de forma caótica. Explica cómo funciona el acelerador—aprietas, vas más rápido, así de simple—, cómo girar—giras el manillar, sorpresa—, y dónde está el cordón de seguridad que apaga el motor si te caes al agua. Te recuerda que no te alejes del grupo, que sigas sus señales, y que si haces el tonto, te saca. Todos asentimos como niños en el colegio.
Bajáis al pantalán. Las motos están ahí, flotando, brillantes y caras. Te ayudan a subir a la tuya—una Sea-Doo o una Yamaha, da igual—. Te dicen cómo arrancarla. Pulsas un botón, el motor ruge, y sales del puerto despacito, siguiendo al guía. La gente en los yates te mira. Algunos saludan. Tú te sientes medio ridículo, medio emocionado.
Una vez fuera del puerto, el guía acelera. Tú aceleras detrás de él. El viento te pega en la cara, las olas te sacuden, y cada vez que saltas, el estómago se te queda atrás. Es incómodo y genial al mismo tiempo. Pasas por acantilados, ves playas desde el mar, y si tienes suerte, algún delfín aparece y todo el grupo frena de golpe para mirarlo como tontos.
En algún momento, el guía para en una bahía tranquila—El Puertito, La Caleta, alguna de esas—. Apaga el motor, te dice que puedes nadar. Te tiras al agua, que está fría pero no tanto. Flotas, te relajas, y si vas en moto doble, aprovechas para cambiar de conductor. Tu pareja acelera de vuelta a la moto, y tú piensas "esto es peligroso". Pero no dices nada.
El guía saca una cámara, hace fotos. Luego te dice que sigáis. Vuelta a las motos, vuelta a la velocidad. El camino de regreso es igual que la ida, pero más cansado. Las manos te duelen de apretar el manillar, las piernas están entumecidas, y solo quieres llegar. Por fin, entráis en el puerto despacio, como al principio. Aparcáis las motos en el pantalán. Te bajas. Las piernas te tiemblan. Devuelves el chaleco, recoges tus cosas de la taquilla, y el instructor te ofrece comprar las fotos por 30 €. Las miras. Sales horrible en todas. Pero las compras igual.
Preguntas Frecuentes (FAQ) sobre Jet Ski en Puerto Colón
¿Puedo reservar para otra persona? Sí, metes sus datos al hacer la reserva y listo. Nada del otro mundo.
¿Puedo cancelar o cambiar la fecha? Hasta 24 horas antes, sí. Después de eso, pierdes el dinero. Sin excepciones, sin drama. Política dura pero clara.
¿Qué formas de pago aceptan? Efectivo, tarjetas de crédito, pagos online. Todo lo normal. No aceptan trueques ni promesas.
¿Es muy difícil conducir la moto? No. Los instructores te enseñan en cinco minutos. Si sabes montar en bici, sabes esto. Si no, también.
¿Nos mojaremos? Sí. Mucho. Prepárate para salir del agua como una rata empapada. Es parte del encanto.
¿Puedo ir solo? Claro. De hecho, es mejor. No tienes que negociar quién conduce ni aguantar los gritos del copiloto.
¿Cuál es el peso máximo por moto? 160 kg en total para una moto doble. Si pesas más entre los dos, te obligan a alquilar dos individuales. Cruel pero lógico.
¿Ofrecen paquetes de fotos? Sí, opcionales, unos 30 €. Las fotos son decentes. Tú en ellas, no tanto. Pero es un recuerdo.
Qué hacer cerca de Puerto Colón después de tu aventura
Sales del agua, devuelves el equipo, y te das cuenta de que solo es mediodía. El día no ha terminado, y tu cuerpo—aunque dolorido—todavía tiene algo de energía. O no, pero da igual, porque quedarte en el hotel sería un desperdicio.
Puedes ir a la playa. Playa de la Pinta está cerca, es familiar, con aguas tranquilas donde los niños chapotean sin peligro. Aburrida, pero funcional. Playa de Fañabé es un poco más animada, con tumbonas de alquiler y gente tomando el sol como si no tuvieran nada mejor que hacer. Playa del Duque es la versión pija de las anteriores: arena más fina, ambiente más sofisticado, precios más altos en los chiringuitos. Elige según tu nivel de cansancio o tu cuenta bancaria.
Si tienes hambre, la zona del puerto está llena de restaurantes. Desde sitios cutres donde te comes un bocadillo de atún por cuatro euros, hasta locales con manteles blancos donde te sacan marisco fresco y te cobran como si fuera oro. Las vistas al mar son bonitas, eso sí. Comer mirando los yates ajenos tiene su punto, aunque te recuerde que nunca tendrás uno.
Puerto Colón es un centro de actividades náuticas. Si la moto de agua te ha sabido a poco, puedes apuntarte a una excursión de avistamiento de cetáceos—delfines, ballenas, lo que toque ese día—. O probar el parasailing, que es dejarte arrastrar por un barco mientras cuelgas de un paracaídas y rezas para que la cuerda no se rompa. También hay alquiler de barcos, si tienes licencia y ganas de jugar a capitán por un día.
Si lo tuyo es ir de compras, hay centros comerciales cerca, como el San Eugenio. Tiendas de ropa, de recuerdos, de cosas que no necesitas pero compras igual. O puedes pasear por el paseo marítimo, que está lleno de tiendas cutres y alguna joya escondida si tienes paciencia para buscar.
Y si ya estás cansado de todo, quédate a ver el atardecer. El sur de Tenerife tiene atardeceres decentes—no espectaculares, pero decentes—. Busca un bar chill-out en la playa, pide algo con alcohol y hielo, y mira cómo el sol se hunde en el Atlántico. Es el momento en el que piensas "he gastado demasiado dinero hoy", pero al menos lo has pasado bien. Más o menos.